Sintra-Portugal.com
La mejor guía independiente de Sintra
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La mejor guía independiente de Sintra
Por Philip Giddings · Última actualización:
Un castillo que el bosque se tragó durante 700 años.
Esa es la historia del Castelo dos Mouros, la fortaleza mora en ruinas que serpentea por una cresta rocosa muy por encima de Sintra. Se construyó en el siglo VIII para vigilar los accesos desde el Atlántico y en 1147 cayó en manos de los cruzados cristianos. Después se fue olvidando poco a poco, engullido por los bosques espesos de la Serra de Sintra y castigado por rayos y terremotos hasta que apenas quedó un muro en pie. Hacia la década de 1830 no era mucho más que un amasijo de granito entre los árboles.
Lo que recorres hoy no es exactamente el castillo que levantaron los moros. Es el castillo que un rey romántico soñó hasta devolverlo a la vida. El rey Fernando II, el mismo monarca de origen bávaro que sacó el Palácio da Pena de un monasterio en ruinas en la cima de al lado, quedó prendado de la decadencia pintoresca de las ruinas moras y las reconstruyó como joya del parque de su palacio. Cada almena restaurada, cada sendero que se retuerce por el bosque y cada vista enmarcada hacia Pena se colocaron ahí a propósito. No visitas un castillo moro. Visitas la idea que Fernando tenía de uno.
El Castelo dos Mouros no es la gran atracción de Sintra. Ese título es del Palácio da Pena, y con razón. Pero es un sitio al que siempre acabo volviendo: por las vistas que llegan hasta la costa, por el paseo a lo largo de 450 metros de almenas por encima de las copas de los árboles y por la calma del Caminho de Santa Maria, el sendero que baja de nuevo hasta el pueblo.
Recorro Portugal desde 2001 y he perdido la cuenta de las veces que mi mujer, que es portuguesa, y yo hemos subido con amigos al Castelo dos Mouros. Esta guía te ayudará a decidir si merece la pena dedicarle tiempo al castillo, cuándo ir para esquivar las multitudes y la niebla, cómo combinarlo con Pena y en qué fijarte dentro de las murallas.
La Torre Real (torre del Rey). El punto más alto del castillo y el rincón favorito de Fernando en toda la cresta. Son doscientos veinte escalones. Arriba se abre toda la Serra, con Pena alzándose en la cima de al lado y el Atlántico brillando al fondo.
La Alcáçova. La torre del homenaje original y el último reducto en el que los moros se habrían refugiado durante un asedio. Unos estrechos escalones de piedra suben hasta las almenas. Aquí arriba el viento casi nunca da tregua, aunque abajo, en Sintra, no se mueva ni una hoja.
El Caminho de Santa Maria. El sendero que baja a Sintra atravesando el bosque, junto a las murallas exteriores y los enormes bloques de granito alrededor de los cuales se construyó el castillo. Yo siempre lo prefiero al autobús 434, aunque lleve las piernas cansadas. (guía del Caminho de Santa Maria).
Las vistas sobre Sintra. Los días despejados la costa se extiende hasta Mafra y Ericeira, con los tejados rojos del casco antiguo justo debajo y el Palácio Nacional en el centro. Los moros construyeron aquí por el dominio visual. Fernando lo restauró por las vistas. Los dos acertaron.
A mí el Castelo dos Mouros me encanta porque hay que trepar por él. Las vistas, el bosque, el largo paseo por las murallas y el paseo todavía más largo de vuelta a Sintra. No todo el mundo opina lo mismo. Algunos amigos a los que he traído lo han despachado como «un castillo y poco más», sin nada concreto que dé sentido a la visita y con un montón de escalones irregulares que subir. Tampoco traería aquí a mi sobrino de cinco años. Las murallas son irregulares, hay caídas de verdad y no hay barandillas.
Ven preparado para subir. Para llegar a las torres y a los miradores más altos hay que salvar muchos escalones, y el castillo es más grande de lo que parece: más de 450 metros de almenas y cinco torres, y se pueden recorrer todas. Las almenas son estrechas y no tienen ninguna protección. Si tienes vértigo, sáltate el castillo.
El entorno pone mucho de su parte. Las murallas superiores recorren una cresta de enormes bloques de granito. Las inferiores se pierden en un bosque antiguo. Si te gustan los castillos tanto por explorarlos como por su historia, este no te decepcionará.
Sintra tiene cuatro grandes atracciones. La mayoría de las clasificaciones sitúan a Mouros en cuarto lugar, por detrás de Pena, la Quinta da Regaleira y Monserrate. Y es una clasificación justa. Cada una de las otras tres tiene una imagen concreta que los visitantes vienen a fotografiar: las terrazas pintadas de Pena, el Poço Iniciático de Regaleira, la minuciosa labra en piedra de Monserrate. Mouros no tiene nada parecido. Lo que tiene, en cambio, es la cresta, el paseo por las murallas en ruinas y las vistas.
El Castelo dos Mouros se construyó alrededor de enormes peñascos
La entrada general para adultos cuesta 12 €. La entrada reducida cuesta 10 € para jóvenes (de 6 a 17 años) y mayores de 65 años, y la entrada familiar, válida para dos adultos y dos niños, sale por 33 €. Los menores de seis años entran gratis. Puedes comprar las entradas en GetYourGuide aquí. La familiar es la única que yo consideraría a buen precio. Por lo demás, los precios son los que son, y hace mucho que Sintra dejó de fingir que sus monumentos son baratos.
La buena noticia es que no hace falta reservar con antelación. A diferencia de la mayoría de los monumentos de Sintra, en el Castelo dos Mouros las entradas se venden en la puerta y el acceso no tiene hora fija. Por eso combina muy bien con el Palácio da Pena, donde las colas son largas y los turnos de entrada son estrictos. Si tu turno en Pena es a las 11:00, empieza por el Castelo dos Mouros.
Consejo: Desde la entrada del Castelo dos Mouros hasta la taquilla del Palácio da Pena hay solo 200 m. Ve andando. No necesitas el abarrotado autobús 434, ni un taxi, ni un Uber, ni un tuk-tuk.
El castillo abre de 9:00 a 18:00, y el último acceso es una hora antes del cierre. Calcula entre 60 y 90 minutos una vez dentro. Menos si te saltas los tramos más largos de muralla, y más si te tomas tu tiempo en la Torre Real.
Colas en verano ante las máquinas de venta de entradas
Las horas punta son de 10:30 a 12:00 y de 13:00 a 15:00. En esas franjas las murallas se llenan, y más de una vez he tenido que pasar apretujado junto a otros visitantes, acercándome al borde sin protección más de lo que me habría gustado para dejarles paso. Ve temprano o tarde para que no te pase a ti. Yo prefiero el final de la tarde (a partir de las 16:00), sobre todo en verano, cuando no hay ni una sombra en las murallas y la subida a la Torre Real se hace muy dura bajo el sol del mediodía.
Fuera de los meses de verano, el problema más serio es la niebla. Las colinas que dominan Sintra la retienen, y puede quedarse sobre la cresta todo el día. Las vistas son el motivo principal por el que vienes. Si hay niebla, vuelve otro día. Lo mismo pasa con la lluvia. Una vez me pilló aquí un aguacero en pleno invierno, y el granito de las murallas siguió resbaladizo y traicionero durante horas después.
Los estrechos caminos y escalones de las murallas
La cafetería del recinto es muy sencilla y tiene poca oferta. Llévate algo para picar y plantéate comer abajo, en el pueblo de Sintra, donde hay muchísima más variedad que en cualquier sitio de lo alto de la colina. Con los aseos la cosa mejora. Hay dos, uno junto a la cafetería y otro en la carretera principal, frente a la taquilla.
Accesibilidad: Se ha hecho un esfuerzo por mejorar la accesibilidad del Castelo dos Mouros, con rampas y salvaescaleras en algunos puntos. El terreno y la propia naturaleza del castillo hacen que siempre vaya a ser uno de los monumentos menos accesibles de Sintra.
¿Te vendría mejor una visita guiada?
Después de veinticinco años de visitas, sé lo agotador que puede ser un día en Sintra. Una visita guiada bien organizada te quita esas complicaciones de encima. Estas son las visitas por Sintra que he hecho y que recomiendo encantado a amigos y familiares:
Los enlaces de arriba son de afiliado, lo que significa que me llevo una pequeña comisión si reservas a través de ellos, sin ningún coste adicional para ti. Te lo agradezco de verdad, porque me ayuda a mantener esta web gratuita y en marcha.
No hay mucho que ver dentro de las murallas. Cuatro o cinco cosas, según cómo las cuentes. Pero si pasas por delante sin conocer sus historias, habrás pasado de largo ante la mayor parte de lo que hace interesante el castillo.
La Igreja de São Pedro de Canaferrim
Nada más cruzar la muralla exterior se alza el edificio cristiano más antiguo de Sintra. Es una pequeña capilla del siglo XII, levantada pocos años después de la conquista cristiana de 1147 sobre la planta de lo que había sido una sala de oración mora. Fue la primera iglesia parroquial de Sintra hasta el siglo XIV, antes de que empezaran los largos siglos de abandono.
El tejado que ves hoy no es el original. La capilla estuvo a cielo abierto durante cientos de años y no volvió a tener tejado hasta 2013, cuando el edificio se convirtió en el pequeño museo que lo ocupa ahora, el Centro de Interpretação do Castelo dos Mouros. Dentro hay una pequeña colección de hallazgos de las excavaciones en torno al castillo. Fragmentos de cerámica. Monedas. Una llave de hierro, un dado de hueso, retazos de la vida cotidiana de las familias que vivieron en esta cresta hace mil años.
Para mí, la pieza más destacada es todavía más antigua. Se trata de una vasija de cerámica completa del Neolítico, de hacia el 5000 a. C., hallada en unas excavaciones que revelaron rastros de asentamiento humano aquí mucho antes de que llegaran moros o cristianos. Es una pieza pequeña, en una vitrina pequeña, y es fácil pasarla por alto.
El cementerio que hay junto a la capilla siguió acogiendo a los muertos de Sintra durante trescientos años después de que se marcharan los moros. En excavaciones recientes se identificaron 33 tumbas cristianas, la mayoría con huesos de más de una persona. Fernando construyó un pequeño osario adosado al muro de la capilla para los restos que aparecieron durante sus obras, y hoy sigue en pie.
La Torre Real
La Torre Real es el punto más alto del castillo y está en el extremo sur de la muralla. La vista desde arriba es la que se te quedará grabada. Fernando la llamó la torre real porque era su rincón favorito de la cresta, y se cuenta que podía verla desde la ventana de su dormitorio en el Palácio da Pena, al otro lado del collado. Toda la reconstrucción fue, en parte, una puesta en escena pensada para su propia ventana. Sitúate en la Torre Real, mira hacia Pena y verás que la alineación no es casualidad.
La vista hace el resto. El Atlántico al oeste, Pena alzándose en el pico de al lado y, en los días más despejados, la costa desplegándose hasta Ericeira por el norte y hasta la Serra da Arrábida por el sur. En un día de niebla cerrada, no verás nada de esto.
La subida te hará resoplar. Son doscientos veinte escalones desde el patio, estrechos e irregulares en algunos tramos, y no hay nada de sombra una vez que llegas a la parte alta. En pleno verano, déjala para las horas más frescas del día. Yo la hice a mediodía en agosto y no volvería a hacerlo.
Las almenas y las cinco torres
La muralla es lo que hace especial a este castillo. Más de 450 metros de almenas recorren el lomo de la cresta uniendo cinco torres, y puedes caminar por cada uno de esos metros. El camino es estrecho, la piedra es irregular y a ambos lados hay caídas a pico sin ninguna protección. Las torres en sí no son mucho más que cascarones de piedra, pero cada una te ofrece una perspectiva distinta de la cresta, los bosques y la costa que se extiende más allá. Recórrela sin prisa.
La Praça de Armas
La explanada abierta en el centro del castillo es el antiguo patio de armas. Es la Praça de Armas, donde seguramente hacía la instrucción la guarnición mora. Fernando la sustituyó por un pequeño jardín romántico en el siglo XIX, y Parques de Sintra ha restaurado los parterres siguiendo un plano de 1898.
Aquí ondean dos banderas: la portuguesa y una verde con la palabra Sintra escrita en caracteres árabes, en recuerdo de los siglos en que los moros dominaron la cresta.
La cisterna
Medio enterrada cerca de la entrada está la gran cisterna de agua de lluvia del castillo. Los moros la construyeron para aguantar un asedio. Su ingeniería era tan buena que siguió cumpliendo su función mucho después de que el propio castillo cayera en el olvido. Tiene capacidad para unos 600 metros cúbicos de agua, se alimenta de la lluvia y se ventila por dos chimeneas de piedra situadas en lo alto de la bóveda. A principios del siglo XX todavía abastecía de agua a la villa de Sintra, más de mil años después de que se excavara por primera vez. El interior se puede visitar y se accede por una puerta de arco apuntado. Busca la construcción baja de piedra que queda a tu izquierda nada más pasar el control de entrada.
Los silos de los moros
Fuera de las murallas, los moros excavaron en la roca una serie de silos profundos para almacenar grano. Los primeros cristianos no tenían ni idea de para qué servían y los usaron como vertederos. Buena parte de lo que hoy se expone en el museo de la capilla salió de esos silos siglos después.
Los silos pasan fácilmente desapercibidos. Pero son uno de los pocos vestigios de la vida cotidiana de los moros que quedan en el recinto, junto con los cimientos de algunas casas y un horno de pan comunal que salieron a la luz en las excavaciones recientes.
La Porta da Traição
En el punto más alto de las murallas hay una pequeña puerta que permitía a los defensores escapar del castillo en secreto durante un asedio. También podía servir para dejar entrar a los atacantes, y por eso se la conocía como la Porta da Traição, o «Puerta de la Traición».
El Castelo dos Mouros está a 500 metros del centro de Sintra en línea recta, y a 210 metros por encima, como bien notan las piernas. La cima se alza a 450 metros, y la subida desde el pueblo no tiene nada de suave.
Lo sensato es subir en el autobús turístico 434. Hace un recorrido circular en un solo sentido desde la estación de tren hasta el Castelo dos Mouros, sigue hasta el Palácio da Pena y luego baja por el centro del pueblo para volver a la estación. El billete de 24 horas cuesta 10,96 € y te permite usarlo sin límite durante todo el día, aunque la mayoría acaba usándolo dos veces: una para subir al castillo y a Pena, y otra para bajar.
Conviene hacer una advertencia sobre el coche. No entres en coche en el centro histórico de Sintra si vas a pasar el día. Las calles son estrechas, apenas hay sitio para aparcar y la Estrada da Pena (la carretera que sube hasta el propio castillo) está cerrada a los no residentes en las horas de más afluencia. He visto a visitantes perder horas del día buscando una plaza de aparcamiento que nunca apareció.
Hay dos senderos para subir: el Caminho de Santa Maria y el camino de Vila Sassetti. Los dos son bonitos, los dos son empinados y los dos resultan demasiado largos y exigentes para la mayoría de quienes hacen una excursión de un día a Sintra. Bajar ya es otra historia.
El regreso a pie por el Caminho de Santa Maria lleva unos 25 minutos y es uno de los tramos de sendero más bonitos de Sintra. Fresco, a la sombra, entre bosque antiguo y con una tranquilidad que el 434 nunca tiene.
El autobús 434 en la entrada del Castelo dos Mouros
Si solo tienes tiempo para uno, elige Pena. Te lo digo yo, que adoro el Castelo dos Mouros y que acabo de dedicar dos mil palabras a explicarte por qué merece la pena. Pero no juegan en la misma liga.
El Palácio da Pena es la gran estrella de Sintra, y con razón. Las fachadas pintadas, las cúpulas de azulejos, los interiores cuidadosamente restaurados tal y como los dejó la familia real al huir en 1910. Sencillamente hay más que ver, más que recordar y más cosas que lamentarás haberte perdido. El Castelo dos Mouros es la cresta, las murallas y las vistas. La subida merece la pena, pero, en comparación, la visita da para menos.
El problema de Pena son las colas. En verano las entradas se agotan con días de antelación y las franjas horarias son estrictas. Compra la entrada por internet antes de salir de casa y toma esa franja horaria como el punto fijo en torno al cual gira tu día.
Precisamente ese punto fijo es lo que hace tan práctico el Castelo dos Mouros. Las entradas se venden en la puerta, el acceso no tiene hora asignada y el castillo se adapta al tiempo que te quede antes o después de tu visita a Pena. Si tu franja es a las 14:00, ve primero a los Mouros. Si es a primera hora de la mañana, empieza por Pena y baja andando al castillo después. En cualquier caso, el orden sale solo en cuanto tienes tu entrada de Pena en la mano.
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El colorido Palácio da Pena es siempre uno de los grandes atractivos de Sintra
El Castelo dos Mouros se construyó en el siglo VIII, durante la primera oleada de la expansión musulmana hacia el norte, desde el norte de África y a través de la península ibérica. El emplazamiento se eligió por su dominio visual. Desde la cresta, los moros podían vigilar la costa en ambas direcciones; en un día despejado alcanzaban a ver Peniche al norte y la Serra da Arrábida al sur. Desde aquí arriba, una vela enemiga podía divisarse mucho antes de que llegara al Tajo.
Las crónicas árabes describen Sintra como una comarca de tierras de cultivo excepcionalmente ricas, y el castillo como una de las fortificaciones más importantes del territorio. De hecho, más importante que el castillo de Lisboa.
La primera cruzada cristiana contra los moros, encabezada por el rey Alfonso VI de Castilla, tomó el Castelo dos Mouros en 1093. Su dominio no duró. En menos de un año, el pequeño contingente cristiano fue expulsado de Sintra y el castillo volvió a manos de los moros durante otro medio siglo. Vinieron entonces las décadas de mayor poderío de la historia del castillo. Las fortificaciones se reforzaron considerablemente, la población creció y la cresta se convirtió en una de las posiciones mejor defendidas de la región.
No fue suficiente. En 1147 llegó un ejército cristiano mucho mayor en el marco de la Segunda Cruzada, una fuerza formada sobre todo por combatientes ingleses, flamencos y alemanes que habían hecho escala en Portugal camino de Tierra Santa. Liberaron Lisboa, la saquearon casi de inmediato y, pocas semanas después, el Castelo dos Mouros se rindió sin combatir.
Los primeros reyes portugueses reforzaron las murallas y mantuvieron una pequeña guarnición en la cresta, pero la corte real ya se había instalado en Lisboa y el castillo entró en un declive largo y lento. Ya en el siglo XV, sus únicos habitantes eran una pequeña comunidad judía. Cuando los judíos fueron expulsados de Portugal en 1497, el castillo quedó completamente abandonado.
La ruina que vino después fue total. En 1636, un rayo provocó un incendio que destruyó la torre del homenaje central. En 1755, el gran terremoto de Lisboa echó abajo buena parte de lo que quedaba de las murallas y las almenas. Para entonces el castillo estaba tan olvidado que ni siquiera aparecía en los planes de reconstrucción de la región tras el terremoto. El bosque volvió a crecer sobre las piedras, y así podría haber seguido.
Lo que salvó el castillo fue un rey nacido en Baviera y de gustos románticos. Fernando II estaba obsesionado con lo medieval, lo pintoresco y lo teatral, y en 1840 compró la cresta junto con el monasterio en ruinas del pico vecino, que acabaría convirtiéndose en el Palácio da Pena. Mandó consolidar las murallas, reconstruir las torres y plantar en las laderas de alrededor miles de árboles traídos de todo el mundo. El castillo no se restauró como fortaleza en uso, sino como una ruina romántica para admirarla desde las ventanas de su palacio y recorrerla en tardes contemplativas.
Y ese es, al fin y al cabo, el castillo que visitas hoy. No la fortaleza mora del siglo VIII ni la guarnición medieval portuguesa del XIII, sino la idea que Fernando tenía de ambas, puesta en escena sobre la cresta que sus moros habían elegido mil años antes.
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Sobre esta guía Soy Philip Giddings. Llevo explorando Portugal desde 2001 y escribiendo las guías independientes de Sintra-Portugal.com desde 2008. Vivo en Lisboa con mi mujer, Carla, que es portuguesa y fue quien me llevó a Sintra por primera vez en uno de mis primeros viajes al país. No hemos dejado de volver desde entonces, ya sea entre las multitudes del verano, bajo la niebla del otoño o en las tranquilas tardes de domingo de enero. La región ha cambiado muchísimo en estos veinticinco años de visitas y hemos sido testigos de toda esa evolución.
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